Empecé a sentir el movimiento en la tierra, lento al principio y momentos después un poco más fuerte, pero sin llegar a ser violento. La sensación me acompañó el resto del día: en el automóvil camino al trabajo, en la sala de reuniones, en la cafetería de la esquina, en el sillón y en la cocina de mi casa. No me resultaba molesta e incluso le dio un matiz diferente a ese miércoles cualquiera, como un presagio en forma de vértigo ligero.

Un par de días después puse un disco cuidadosamente en el tornamesa, escuchando la aguja entrar en la ranura y producir esos segundos de ruido blanco mientras el disco giraba llevándome en espiral hasta alguna tarde en cualquier ciudad que no era mía, muchos años antes -pero lo sentí como si estuviera en un día nuevo-, y me vi a través de la ventana poniendo el vinyl para escuchar esa misma canción diciendo:
“Kiss me where the sun don’t shine
The past was yours
but the future’s mine.
You’re all out of time”
Y ahí estaba, fuera de tiempo, con una sensación similar de vértigo y desasosiego pero de mi mismo, sintiéndome vacío y débil, lejano de todo, extranjero de todo, indiferente de todo y sin ganas de nada. Me comí una manzana, fumé un poco, bebí algo, fumé más, no hablé mucho y entonces llegaron los otros y salimos de ahí hacia las calles de esa ciudad cualquiera, caminando hasta el metro para abordarlo y llegar a alguna estación para seguir caminando sin rumbo aparente o tal vez sí; me daba lo mismo en verdad. Iba por inercia, por costumbre de ser y estar, con ellos que eran y estaban aunque quizá sentían el mismo mareo pero no decían nada, no decíamos nada y caminábamos en las calles recién mojadas por la lluvia y sobre los reflejos de los neones de bares abiertos y tiendas cerradas, fumando mucho y riendo estúpidamente y superficialmente y banalmente, hasta que llegamos a ese club y entramos y conectamos alguna pastilla y pedimos cervezas y después vodka, y bailamos juntos pero en solitario, y quise irme pero no tenía a donde ir, realmente no, y el vértigo se calmó un poco con el E y entonces las luces y las siluetas y el baile, y ellos besándose con ellas y entre ellos y entre ellas y salí por un momento y fumé y al regresar me vi en un espejo y en los cientos de espejos de la esfera en el techo y sonreí y me sonreí y bailé y giré y bebí y sentí que (quizá) todo podría estar bien y me reí, mucho, y salí otra vez a fumar y era casi el amanecer y estaba solo, a dos pasos de la puerta abierta del lugar y entonces, casi con el primer rayo de sol se escuchó esa canción y fue cuando pude verla, en medio de un grupo de gente pero sola, concentrada en el sonido y siguiendo el ritmo como si tocara la batería, bailando como si no hubiera nadie más alrededor, cantando como si estuviera en un escenario, y sentí que la había visto y escuchado antes, quizá en otra vida o tal vez días antes en la calle o probablemente en ese mismo lugar, minutos antes, pero es que esa forma de moverse agitando los brazos y moviendo el pelo rojo que cubría su cara por momentos, cuando golpeaba los tambores en el aire, y no supe en ese momento ni sabría hoy como describir exactamente lo que sentí cuando cruzamos miradas y sonrió y me llamó con la mano, y ¿cómo es que pudo suceder? y no pude dejar de verla y sentí ganas de moverme igual y bailar igual y arrojé el cigarro a medias en la calle mojada, y entré al lugar bailando y me paré enfrente sin decir nada pero devolviendo la sonrisa, y la escuché cantar con toda la energía que una chica de su edad puede tener, y podría jurar que por un instante no hubo nadie más y aunque me quedé sin palabras y ella no decía nada porque solo bailaba y tocaba la batería en el aire y cantaba, y entonces me tomo la mano izquierda y la subió por encima de su cabeza e hizo un giro y me miró con tanta fuerza que en ese momento supe que era la primera y sería la última mujer que podría describir cómo me siento cuando el vértigo no está.
Soundtrack: “She bangs the drums”, The Stone Roses
Esta historia emplea la letra completa de la canción, original de Ian Brown & John Squire

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