Un par de clientes llegaron quince minutos antes de la hora, pero por más que insistieron en ser atendidos en ese momento tuvieron que esperar hasta a las siete en punto para que Esther tomara sus pedidos. Y es que ella no hace concesiones de ningún tipo; tal vez el carrito de sándwiches pueda operar desde las seis y media, quizá podría aceptar las ofertas para vender gaseosas de marca y probablemente asociarse con ese empresario para abrir más locales habría sido un gran negocio, pero a Esther no le interesan los cambios. Todos los días, desde hace más de veinte años, llega a esa esquina a las seis y media y prepara el café mientras acomoda las carnes frías, el queso, el pan, la mayonesa casera y la cebolla picada en sus respectivos lugares. Sí, podría comenzar a despachar sólo diez minutos después, pero realmente no le viene en gana. Le gusta leer la primera plana de los dos diarios que intercambia con el voceador por un café -que recoge después de las siete, obviamente-, y escuchar la última parte del noticiario, que incluye el horóscopo, un resumen de lo más importante hasta ese momento y una canción de los buenos tiempos: Sinatra, Paul Anka, Sammy Davis…
Para ese momento, ya tiene a dos o tres personas que intentan hacerle un pedido, el cual ignora por completo. Los clientes novatos llegan y ordenan sin obtener respuesta; entonces le insisten y a veces hasta le reclaman. Esther los mira fijamente, como si no entendiera en qué idioma le hablan, y de inmediato regresa a su lectura y entonces se van enfurecidos, pensando que está sorda o mal de la cabeza. Los clientes habituales (que ya han pasado por eso), hacen fila pacientemente hasta que dan las siete. El lugar se convierte entonces en un punto de reunión, con caras conocidas de mucho tiempo que van construyendo amistades o al menos una convivencia respetuosa. Hay quien cuenta que incluso una pareja se conoció en alguna de esas filas, y que durante muchos meses fue su único lugar de encuentro (dicen que ella era casada y que combinaban la charla de la fila con escapadas nocturnas a un motel). La historia dice que invitaron a Esther a la boda como una forma de agradecer ese pretexto por el cual se conocieron; por supuesto que no asistió, pero les dio café gratis durante seis meses y se rumora que aún conserva la invitación debajo de la caja registradora.
Como estas historias hay muchas: que no ha faltado jamás, incluso en los días más fríos o lluviosos; que ha sido testigo de todos asaltos al banco de la esquina y que en un par fue cómplice; que alguna vez llegó un supuesto hijo al cual no sólo no reconoció sino que ignoró a pesar de las lágrimas, y la más común de las anécdotas: que no es la dueña del carrito, sino un grupo de emprendedores que tienen a varias señoras como ella vendiendo comida en las áreas más transitadas de los barrios de oficinas. Lo cierto es que nadie puede confirmas estas historias porque Esther no conversa mucho. Si, después de las siete sonríe y repite los pedidos con voz suave y cálida, pero no entabla ningún tipo de charla y no da pie para que suceda. Cuando alguien le hace un comentario o pregunta personal, ella sólo sonríe y responde repitiendo el pedido que le ha hecho el cliente.
Nunca se le ha visto triste, feliz, deprimida o enojada, ni aún la vez que intentaron retirarla los guardaespaldas de algún diplomático que visitaba la embajada de la esquina. Se dice que sólo meneó la cabeza y siguió preparando un sándwich de pastrami sin moverse del lugar hasta las once en punto, como siempre. Probablemente estaba acostumbrada a ese tipo de encuentros, ya que con cada cambio de administración de la dichosa embajada se le notificaba que debía retirarse, a lo cual hacia caso omiso por supuesto, y los burócratas terminaban siendo sus clientes habituales. Incluso hubo embajadores que salían con frecuencia a comprar café, sobre todo cuando llegó la prohibición de fumar en espacios cerrados. Y si había fila tenían que formarse, porque Esther no hace excepciones y la mayor parte de esos políticos, empresarios y oficinistas se lo toman con humor. A veces aprovechan ese momento de anonimato público para hablar de cosas que no pueden decirse dentro de la embajada: contratos, acuerdos y algunos chismes que aún no son oficiales y que se charlan informalmente mientras Esther sirve el café y prepara los sándwiches.

Más de veinte años, con el mismo horario, la misma rutina, el mismo menú y casi la misma ropa: la falda larga y oscura, la blusa negra y el delantal rojo. Con el tiempo se agregaron lentes y algunas canas pero no un anillo de casada ni el ánimo para conversar; nadie sabe donde vive ni cuanto camina empujando el carrito, ni donde compra el pan y los ingredientes, ni de dónde es o si tiene familia. Esther está orgullosa de ello, y espera ser condecorada en algunos años por su servicio en el Mossad.

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