22La primera vez que intenté acercarme salió corriendo, despavorido. La segunda vez me gruño y se erizó por completo, amenazante. Pero con el tiempo el gato fue acostumbrándose a verme cruzar el pasillo todas las noches, y muy pronto la iniciativa vino de él: al principio tiraba algún zarpazo para tratar de atrapar alguna de mis agujetas cuando pasaba a su lado, o simplemente seguía mis pasos de manera cautelosa pero cada vez más cercana, hasta que comenzó a intentar frotarse con mis piernas cuando me quedaba quieto, esperándolo frente a la ventana de su dueña.
A veces jugaba con él, fingiendo perseguirlo y dejándome perseguir a lo largo del pasillo. Otras veces nos quedábamos viendo fijamente, directo a los ojos, esperando a que el otro desviara la mirada. Por supuesto, ninguno cedía fácilmente así que usábamos todos los trucos posibles para amedrentar al oponente: yo había gestos, movía alguna planta o manoteaba con furia; él se lamía los bigotes o se erizaba y, al no obtener la victoria, empleaba el último y desesperado recurso: maullar. Normalmente ahí terminaba el juego ya que el vecino del 302 abría la ventana furioso (lo cual nos ahuyentaba a ambos), o en el mejor de los casos, ella salía a recogerlo con una sonrisa -diría yo-, maternal, y diciéndole palabras como si fuera un niño pequeño.
Me gustaba cuando sucedía esto último; verla sin maquillaje y hablando con tanta dulzura era maravilloso. Me quedaba al fondo del pasillo, en la sombra, bajo la mirada soberbia (y juro que hasta presuntuosa) del gato, y totalmente enfocado en ella, por supuesto. La estilizada silueta, dibujada a contra luz bajo la bata (y en temporada de calor, un corto camisón), sus labios perfectos y esos ojos que brillaban con cierta complicidad y mucho amor por el gato me embelesaban absolutamente. Esos momentos se convirtieron en mi parte favorita del día, así que provocar los maullidos se convirtió en parte de mi rutina nocturna.

Supe que se llamaba Claudia la primera vez que él llego a buscarla, el tipo buena pinta que muy pronto comenzó a quedarse a dormir, primero los fines de semana y después casi diario. A veces él sacaba al gato a media noche, lo cual nos enfurecía al principio, y terminó por entristecernos cuando se hizo habitual. El minino se quedaba echado sobre el tapete después de maullar con fuerza durante algunos minutos, volteando de vez en cuando hacia la ventana de la habitación de Claudia, esperando a que se apagara la luz y saliera por él, un tanto avergonzada y arrepentida, sobre todo en las noches frías.
Una vez me topé con el sujeto en la escalera. Pensé en encararlo pero finalmente, ¿quién era yo para confrontarle? Y además, ¿que le diría? ¿Le reclamaría por desterrar al gato para poderse follar a Claudia sin testigos? Vamos, si yo estuviera en su lugar habría hecho exactamente lo mismo, así que me quedé ahí parado, en silencio, viéndolo pasar con esa actitud de quién ha enamorado a una mujer fascinante siendo un tipo más común que corriente.
Cuando el gato apareció en el pasillo pareció entender lo que acababa de pasar así que me ignoró por completo, como diciéndome cobarde, como insinuando que era el peor de los amigos. No tuve ánimo para insistirle en ningún juego; desaparecí sin esperar que Claudia saliera por él.
No se cuantos días pasaron, quizá una semana o tal vez tres, no llevé la cuenta pero el caso es que volví. Regresé decidido a encarar al tipo en defensa del orgullo del gato. ¿Qué le diría? No se, ya inventaría algo. Ese era el día. Cuando llegué estaba ahí, en el tapete de la entrada, dormido. Me acerqué para despertarlo sin mucho estruendo. Usualmente parecía presentirme y se levantaba con agilidad y rapidez cuando estaba a punto de tocarlo, pero no sucedió esta vez; se quedó ahí, sin moverse, con la mirada fija en una de las macetas. Fue cuando encontré los pedazos de carne desperdigados alrededor y no necesité mucho para deducir lo obvio. ¿Quién habría sido, el vecino del 302, o el novio de Claudia? Me sentí furioso, me sentí triste y me sentí culpable. Debí hacer algo más, pude hacer algo más. Tenía que hacer algo más.
La luz de la ventana de Claudia seguía encendida. Muy despacio, sigilosamente y con cuidado entré a la casa, pensando en cómo decirle que habían envenenado a su gato, que probablemente estaba cogiendo con el asesino o cómplice circunstancial de ese homicidio y que debía hacer algo, que tal vez aún habría tiempo para llevarlo a un veterinario y salvarlo. Y en eso estaba cuando sin querer pisé un juguete del gato, una de esas pelotas que hacen ruido el cual, ante las circunstancias actuales de la ciudad, hizo que el sospechoso y Claudia se levantaran pensando que de alguna forma el gato habría conseguido entrar al departamento. Ambos estaban desnudos. Y obvio, no pude moverme ante la perfección que veía en esa mujer. Así que no corrí aún cuando encendieron la luz. Me quedé ahí, viendo como tomaban el juguete y buscaban en la cocina y en la otra habitación y sobre las sillas y bajo los sillones, llamando al gato sin éxito, hasta que finalmente él abrió la puerta y lo miró ahí acostado, y esperó a que reaccionara al oír su nombre, y lo tocó y la llamó, y lo tomaron y ella gritó, y llevo el pecho del gato a su oído y entonces grito que no, no por favor no y lo abrazó, y el tipo la abrazó pero ella se alejó, y mientras lloraba él se vestía, y salió sugiriendo que lo llevaran al veterinario de inmediato, que quizá aún podrían salvarlo, y ella lloraba y negaba con la cabeza, pero finalmente accedió y se vistió mientras le pedía que buscará en la agenda el número del hospital de urgencias para animales, y a medio vestir y aún buscando el número salieron del departamento, y los escuche bajar corriendo las escaleras y yo aún estaba ahí, quieto y en silencio, triste y enojado, pero fascinado y un poco excitado y quizá hasta enamorado, y habría que buscar la manera, porque debería existir la posibilidad, y cuando salí al pasillo sentí al gato frotándose entre mis piernas, y sonreí y lo tomé y noté el ronroneo en las manos, y entonces pensé que debía ponerle un nombre, un buen nombre. Tendría que pensarlo bien, pero afortunadamente teníamos tiempo para eso, para Claudia y para vengarnos. Sí, tendríamos tiempo para todo. Una eternidad, de hecho.

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