Luces. Tecno. Voces, risas. Negro. Escalera. Negro. Un cigarro, una pastilla. Negro. El auto. Vómito y sudor. Frío. Negro. La voz. No es tu voz. Negro. Luces. Calle. Negro.

Amanece. Una lata de cerveza en mi mano. Estoy caminando. “Calzada de los misterios”, leo en algún letrero. Tomo un trago largo. Voces detrás de mi. Siento asco. Negro.
El sol dándome de lleno en la cara. Tengo náuseas. Busco algo (¿Qué estoy buscando?) en mis bolsillos, instintivamente, pero no está ahí; están vacíos. El celular, la cartera, las llaves; no llevo conmigo nada de eso. Estoy caminando. ¿Y mi auto? Negro. Reconozco el lugar. Creo. ¿Tlatelolco? El sol me quema, me molesta. Dolor de cabeza. Me quito el saco y veo la camisa con pequeñas manchas de sangre y rastros de vómito; estoy empapado en sudor, tengo hambre y dolor de cabeza, dolor en el cuerpo, en la mano izquierda que se ve hinchada, sucia, con una ligera cortada de la cual aparentemente salió sangre que ya está seca. Tengo sed. Tengo sueño. Tengo el pantalón mojado. Tengo que volver (¿A dónde? ¿Con quién?). No tengo dinero ni tengo recuerdos claros de anoche ni tengo idea de donde estoy y por qué estoy así. Respiro. Sigo caminando. Me concentro; me llamo Julián. Tengo 36 años. Vivo en San José Insurgentes. Anoche fui a un… a una cena, la celebración del cumpleaños de alguien. De Julián, que cumplió 36 años. Entonces no, no soy Julián. Soy Javier. Tengo 34 años y vivo en Narvarte. Anoche fui al cumpleaños de Julián. Pero tengo tetas y no tengo pito. No, no soy Javier. No tengo pito. No soy Javier ni Julián. Sigo caminando. Me miro en el vidrio de un auto. ¿Soy esta morena o esa anciana? Trato de tocarlas pero salen corriendo y entonces quedo solamente yo, en el reflejo. Soy Julián. No tengo tetas pero si tengo pito. Me arde, por cierto. Tengo sed. Voy a dormir en el pasto, se ve tan fresco el pasto. Está tan fresco el pasto, tan suave, tan ligero que podría comerlo. Lo hago. Cierro los ojos. Negro.
Abro los ojos. Estoy sentado en la escalera del edificio de Javier. ¿Por qué sigo con este dolor de cabeza? Me levanto y pienso en salir pero no puedo caminar. El tipo de blanco me detiene, dice que debo quedarme tranquilo, que todo saldrá bien. Siento la humedad en el abdomen, veo la sangre en mis manos, en sus manos, en la pared. Policías, voces, ruido. El sol entra por la ventana. Tengo sed. ¿Cuántos días, meses, años, siglos han pasado desde ayer? Tengo que salir. No puedo. No tengo dolor ni miedo, aunque siento que mi cabeza estallará en cualquier momento. Cierro los ojos. Negro.
Siento un golpe. Abro los ojos. El parabrisas del auto hecho añicos. Humo. Un ¿árbol? No, un poste. La sangre me resbala por la frente, recorre toda la cara y cae sobre la camisa. Volteo y veo a esta mujer en el asiento del copiloto con el cráneo despedazado. Amanece. Debo salir, debo escapar. La calle oscura, las sirenas a la distancia. ¿Quién es ella? ¿Dónde estás? ¿Por qué no eres ella? Mejor que no lo seas; está muerta. Tengo que salir y buscarte y explicarte qué sucedió, aunque en este momento no recuerdo nada antes del sonido del golpe del cofre al hacerse mierda con el choque. Me quitó el cinturón de seguridad, abro la puerta, dejo el teléfono y las llaves en el auto; la cartera la tiraré un par de calles más adelante. Me largo de ahí, caminando con rapidez. Necesito una pastilla más. Dos. Tres. Negro.
Desperté con arcadas. Algunas personas me miran con repulsión. Es momento de irme; me levanto -con mucho trabajo- y llego a la avenida. Es Reforma. Tras muchos intentos, logró convencer a un taxista para que me lleve a casa de Javier. Le pido que me espere y subo corriendo las escaleras para conseguir dinero y pagarle al chofer y después irme a casa a dormir. Al llegar al departamento, encuentro la puerta abierta. Javier está en el suelo, con tres balazos en el pecho y uno en la frente. No alcanzo a gritar: siento el golpe en el estómago e inmediatamente me hago consciente del ruido y la luz de la bala que me han disparado. Las sombras salen corriendo del lugar; intentó seguirlos pero pierdo el aliento y entonces me siento en la escalera. El sol entra por la ventana. Cierro los ojos. Negro.
Negro.

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