El día que murió Gabo

By Daniel Fierro Esquivel In Cuentos, Textos Technicolor

1.
Odio el realismo mágico. Lo he dicho, lo dije y lo diré cuantas veces sea necesario. Lamento que te joda porque veneras a García Márquez y parece que tomaras su puto estilo como denominación de origen. Me caga, ¿Qué te digo? Es decir, no hay forma de negar la grandeza de su obra pero no me gusta. Ni sus novelas ni lo que gira alrededor de su trabajo. Excepto tú.
2.
Aracataca, dijiste en la embajada venezolana de París, cuando te preguntaron tu lugar de orígen. ¿Por qué no decir la verdad? Eres neoyorquina. Bailas la salsa y la cumbia y cualquier ritmo como neoyorquina. Si tu papá si tu mamá si tu familia es lo de menos: naciste en Nueva York. Pero me gustó el acento como pronunciaste el nombre de la ciudad donde nació tu abuela (eso lo supe después), no más que tus piernas pero me llamó tanto la atención que decidí hablarte, contra mis costumbres antisociales. Recién te habías registrado para la entrevista con alguien de recursos humanos pero te tocaría esperar al menos una hora así que aceptaste ir por un café. Entonces supe que buscabas una plaza de intérprete de chino a español en la embajada (cosas de negocios internacionales, supongo), y que no era tu especialidad ya que habías estudiado letras pero pues con algo había que pagar la renta y curiosamente habías aprendido ruso en una escuela venezolana, durante los años de adolescencia que viviste allá. Y supiste del puesto disponible por un amigo hondureño que era pareja de un venezolano que trabajaba para el cónsul y entonces estabas ahí, esa mañana, haciendo el último intento de encontrar trabajo legal antes de rendirte y regresar a México. También descubrí que el café lo tomas negro, doble carga si es de Starbucks. Pocos días después, supe también que mentías al decir tu lugar de nacimiento.
3.
Juan Cirerol, todo el pinche día. ¿Cómo escribir una columna urgente por la muerte de García Márquez si los vecinos escuchan esa mierda a todo volumen? Puto edificio lleno de millennials hippies pachecos culeros. Gente con problemas bancarios y legales como los míos, pero más jóvenes y menos aburridos y con un pésimo gusto musical y estético. Por un momento pensé que un buen trabajo, una pareja hermosa y un perro de raza me ayudarían a lidiar con los bemoles de este departamento viejo y sobrevalorado, pero no. Odio vivir aquí. Tú amabas vivir aquí hasta ese día. El día que murió tu Gabo en esta ciudad tan lejana de Macondo.
4.
Nada a medias: si o no, me voy o me quedo. La consciencia es un límite o un salvavidas. Tennis o tacones. O descalza, o con botas. Pinche loca. Y yo, pinche mediocre, en tus palabras. Aunque escriba más que tu, gane más que tu, sea más reconocido que tú. Tus ensayos en esa revista derechosa son mejores que mis columnas en ese periódico izquierdoso, es cierto. Pero escribo mejor que tu y lo sabes, y te revienta. Te rompe los huevos ver que puedo llegar al limite del deadline y sacar el trabajo en dos horas mientras tu pasas semanas en ello. Pero antes de la muerte de García Márquez no te importaba o parecía no importarte o fingías que no te importaba. Puto Gabo, para qué te moriste, cabrón.
5.
París. Atentados. Recordé cuando nos conocimos en la embajada de Venezuela, cuando caminamos por esas calles hoy llenas de parisinos que salieron a decirle a los terroristas que jamás se rendirían ante el odio. Tus amigos haciendome bailar reggaeton en los bares pinches de Antibes mientras tomabas fotos para subirlas a twitter y facebook taggendome y consiguiendo comentarios burlones de mis amigos. Tachandome de gay por verme bailar entre gays aunque en esta época incluyente esté mejor visto, excepto como recurso clásico de humor entre cuates. Orinar sentado no te cambia de sexo cabrón, mucho menos bailar entre personas fascinantes como Khalid y Maurice y Léa, sobre todo porque detrás de la cámara estabas tu, siempre tu. Y detrás de los poemas y de los libros y de las entrevistas y de los empresarios chinos que negociaban con los empleados gubernamentales venezolanos, y de los dólares y de la idea de gastarlos recorriendo juntos europa, corrigiendo mis textos que enviaba quincenalmente al periódico digital y finalmente, cuando se acercaba el momento de volver, decidiendo que podríamos vivir juntos en la Ciudad de México, vivir de nuestras letras, vivir como había sido en esos tres meses de mochila al hombro: felices, juntos, sin tiempo.
6.
Hoy toca en la ciudad Tame Impala. O Chvurches, o MGMT o alguna de esa bandas que te gustan y seguro irás y bailarás como neoyorquina (o no) y te tratarán de ligar y los abrirás (o no), y beberás una o dos cervezas (o más o quizá ninguna) y regresarás a tu casa a escribir la reseña y la publicarás en algún medio independiente. O no. Y te irás con alguno de ellos, o irás con alguien o ni siquiera te aparecerás en ese lugar porque tienes algo mejor que hacer. Me doy cuenta que ya no te sé. Y me siento raro al respecto.
7.
Quisiera decir que fue en un bistró de la Condesa o al menos en un café hipster de la Roma pero no, fue en una lonchería pitera de la Obrera. Me arrojaste el vaso de agua de guayaba en la cara, y saliste enfurecida del lugar, sin mirar hacia atrás. A nadie le escandalizó, excepto a la mesera que me trajo un par de trapos para secarme, y se puso a limpiar mientras me contaba cómo su hija apuñaló a un asaltante en ese mismo lugar, defendiéndose de un asalto, y el trabajo que le costó sacar la sangre del piso.
8.
Para fines prácticos, llamaré a Gabriel García Marquéz “el culero ese”. No volvería a reírme del “culero ese” frente a ti. Pero tampoco comenzaría a fingir que me interesa su obra, que me afectó su muerte, que le reconozco más allá de lo que dice la mayoría. Me aburre. No me arrepiento del ataque de risa que me dio cuando me contaste cómo habían homenajeado al “culero ese” en tu ciudad (que no es tuya), y tampoco siento culpa por haber hecho un par de chistes al respecto. Probablemente me excedí, es cierto. Pero no puedes culparme del todo: no es obligatorio idolatrar al “culero ese”, mucho menos dedicarle una lágrima en una lonchería pinche de la Obrera. Citaría algun párrafo suyo para validar mi punto, pero no recuerdo ninguno de los dos libros de su autoría que he leído, y no me interesa buscar en google algo del “culero ese”. Que hueva.
9.
En 2004, por una iniciativa local, se propuso renombrar a Aracataca, pueblo natal de Gabriel García Márquez, como Macondo con el fin de reactivar la economía de este pueblo, sumido en tal pobreza que se ha declarado en quiebra. Sin embargo, el referéndum realizado en Aracataca mostró un escaso interés por parte de sus habitantes y la medida no fue aprobada.*
10.
“Soy pendejísima”, dijiste una tarde, cuando recién llegamos a la Ciudad de México, al derramar un té de mate sobre mi Moleskine. Me reí mucho porque ni eras pendejísima ni me interesaba tanto esa libreta ni lo que estuviera escrito en ella. Me interesabas tu, tu acento y tus piernas. Tus letras. Tus ideas. Tu corazón cataquero-neoyorkino que a veces extraño cuando veo que atardece mientras tomo café negro con doble carga, escuchando Come Undone de Duran Duran y veo esas fotos en la playa francesa donde no apareces pero estás.
* Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Macondo

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