Todos creen que es como un capítulo de esa serie de mierda, siempre tan políticamente correcta. Friends. O como Mad Men o cualquier sitcom subtitulada en cable. Blancos haciendo dinero para blancos, que jalan y beben viéndose siempre hermosos siempre con glamour siempre riendo y sin una sola arruga en la ropa de diseñador de medio pelo. Los lentes de pasta, las barbas perfectamente recortadas, los zapatos o putashoes con tacones de doce centímetros y ellas bailan con la falda corta que jamás permite ver más allá y ellos beben el trago de moda (tequila o mezcal o jäger o ginebra o whisky o bourbon o champagne o vino, depende lo que dicte esta temporada la puta publicidad y el marketing de contenidos y la tendencia que venga de Nueva York o Londres o Buenos Aires o Barcelona o Berlín), y los bares tienen nombres kitsch o el apellido de algún escritor o cineasta o son copia de algún bar famoso en otra ciudad, el asunto es que todos los están ahí creen que están ahí y que son felices y que son invencibles y brillantes y que protagonizan una revolución intelectual y que lo que hacen es importante, es arte, es eterno. Y cada puta noche es igual y cada puto día siguiente es igual y me veo en medio de esas salas de cristales transparentes y detrás de esa laptop de aluminio y encima de esa silla ergonómica y pienso que soy feliz por mandar estos correos y por tener lugar de estacionamiento y café de cápsulas y entonces viene el primer golpe, ese que te baja como un puñetazo en la cabeza y luego la espiral y el mareo y el olor a mierda y orina y basura y cigarro y mota y la tierra en las uñas el lodo en los zapatos los orificios de los arponazos infectados y no sé si lo sueño o lo recuerdo o lo estoy viendo, a través del foco ennegrecido por la flama del encendedor barato y jalo, no soplo, jalo de nuevo, pienso en el culo de la vestuarista -¿o era la asistente del arquitecto o la becaria nueva (hija de Mario) o la mesera del billar o la enfermera o la cliente o la puta del piso de arriba?- y recuerdo que tengo 19 años 29 años 39 años y recuerdo que bebía tanto que cuando comencé con las drogas ya estaba en ese cuarto barato con la pintura cayéndose a pedazos y al cual le llegaba el olor a carne de cerdo frita con aceite reciclado, y también que comencé a beber porque me vino en gana porque ¡puta madre! Quería tomar hasta caerme y muchas veces me caí, desde que era el adolescente que bebía en la azotea del condominio hasta hoy que tomo una tapa dos tapas de esta botella que no tiene etiqueta y si la tiene no la veo ni la puedo leer. Y me di asco al recordarme en ese avión, borracho, mientras pensaba cómo haría para que la becaria me chupara el pito antes de ir a la oficina regional, y también en el sabor del bife término medio con una copa de cabernet, y en la carne colgando en la carnicería del mercado llena de moscas y olorosa a sangre, y en la carne de las tetas de la rubia de la fiesta de fin de año en el resort de Miami y en la carne llena de moscas y en la carne humeando en el aceite viejo y apestoso; tengo hambre y pienso que debo comer y pienso cómo haré para que el Lobo me venda  más pasta más polvo pastillas aceites piedra speed algo eso, lo que sea, dámelo si no tengo dinero lo robo, mato a quien quieras te mamo lo que quieras pero inyéctame, ponlo en mi sangre. Lento. Suave. Busca la vena, debe quedar alguna buena. Frota. Frota. Suave, penetra, suave, entra, suave, sube, duerme, pega, pestañeo, caigo, en la arena de Cartagena entre las piernas de Bárbara en la camilla en la acera entre las heces de cualquiera de nosotros que estamos aquí con el reflejo de la luz del puente en las pupilas dilatadas esperando que todo termine para que empiece de nuevo una y otra vez.

Leave a Comment