Verá usted: yo no soy una buena persona. Nunca lo fui, no lo soy ni quiero serlo. Tampoco es que sea un tipo maldito, un cabrón que ande por la vida jodiendo a los demás; simplemente no soy un buen hombre, y eso lo tengo asumido desde que era niño. Por eso no me gusta culpar al alcohol de arruinarme la vida pues cada una de las decisiones que he tomado han sido conscientes, aún bajo la inconsciencia de una buena borrachera. No me arrepiento de nada, no señor. Al contrario, me siento seguro de haber hecho siempre lo que me viene en gana, y lo que me vienen en gana usualmente es beber hasta perder el sentido.

Que no se malentienda lo que trato de decir: tampoco estoy agradecido de la vida que escogí. Si bien me gusta, me ha costado muchas cosas importantes, o que se dicen importantes para la vida de cualquier persona. Mi gusto por el alcohol me llevó a perder todo: familia, mujeres, amigos y empleos, además de mucho dinero y el amor. Separo el amor de las mujeres y la familia porque no siempre tener sexo es amar, y los lazos sanguíneos no obligan a querer pero en este caso da lo mismo: perdí todo por borracho. Es que cuando tomo me transformo; me convierto en una persona detestable, hiriente, agresiva y soberbia. Un mala copa, como dicen ahora. Así lastimé a muchas personas que realmente quise, me peleé con cuanto cabrón pude y muchas veces terminé hospitalizado por accidentes viales. Hasta un muerto llevo en la espalda, por atropellamiento. Y créame, lo intente dejar muchas veces, de distintas maneras: probé con otras drogas, con acupuntura, con medicina, con religiones y consejeros. Me juré a todos los santos, vírgenes y dioses. Vacié muchos litros de alcohol en el fregadero, prometiendo no volver a beber jamás. Y lo conseguía, por un par de meses. Luego, sintiendo que tenía control sobre mi, comenzaba con una cerveza. Orgulloso, tomaba dos la siguiente ocasión. Y ya para la tercera, terminaba perdido una o dos semanas, sin mucho más recuerdo que golpes, tickets de cantinas, reclamos y reproches y golpes en el auto. Varias veces perdí el trabajo no solo por no aparecer, sino por llegar ebrio o por golpear a algún compañero. No tengo una historia de éxito al respecto, y de corazón se lo digo: me encantaría contar que mi alcoholismo deriva en algo más entretenido que eso, que soy un bebedor creativo que consigue iluminación etílica como lo fue Bukowski, o Morrison. Pero no, en realidad soy un mediocre tipo promedio con un largo historial de fracasos. Hasta hace un tiempo. Le explico:
Una de esas mañanas derrotadas, recibí un mensaje donde mi última pareja me largaba de su vida, asumiendo que jamás saldría de este hoyo. Algo acertado, sin duda. Y recuerdo haberle respondido que sí, que era lo mejor y que esos demonios eran más grandes que yo, y que cada vez que tenía una recaída moría un poco más. Entonces me hizo sentido: tomar como yo lo hago es una forma lenta de suicidio, una búsqueda cobarde de la muerte donde no hay que enfrentar nada importante, tan solo el ridículo y el odio personal, cosas que se pueden manejar perfectamente desde el tercer trago. Y entonces en un arranque de lucidez, me senté a escribirlo: “El manual del lento suicidio”, una recopilación de consejos para aprender a beber en exceso y asumir los costos, enlistados por etapas y gravedad. Ya entrado, fui un poco más allá y desarrollé una metodología para que cualquier persona que decidiera evadirse de su miserable vida pudiera intoxicarse sin manera de volver para atrás. Al final, tenía 476 páginas de esta biblia del mal bebedor, del borracho irremediable, del aspirante a teporocho. Decidí salir a festejar mi primer proyecto finalizado desde la universidad como se debe festejar cualquier logro, y como también se debe desahogar cualquier fracaso: en una cantina, usando el dinero de la renta del mes que ya tenía atrasado. Por azares del destino, terminé bebiendo en una azotea con una puta que se tiraba al hermano de un editor, y por esas cosas mi borrador terminó en sus manos y tras un par de reuniones y una edición bastante profesional, el tipo termino publicándolo. No vamos a llamarlo suerte o destino porque la finalidad del cabrón era sacar un libro tan malo que no solo fuera un fracaso editorial sino un insulto a la literatura, y así poder ser despedido con un finiquito inigualable. Por eso salió a las librerías, y con eso me prometí un shot de mezcal por cada vez que viera mi libro en un anaquel; sobra decir que pasé varias semanas visitando librerías y haciendo válida mi promesa con cada tomo.
Lo que nadie esperaba es que fuera un éxito. No solo el editor estaba sorprendido, también el consejo de la editorial, quienes tardaron tanto en sacar un segundo tiraje que el libro comenzó a ser distribuido en edición pirata, e incluso se reportó como el más fotocopiado en los locales del centro de la ciudad. Fue en la quinta reimpresión cuando los derechos se vendieron a una editorial global y de pronto mi manual estaba traducido en idiomas que ni siquiera sabía que existían. Me hice millonario. Comencé a ir a firmas de libros, donde dábamos tragos de cortesía en la compra de dos ejemplares. El prólogo fue rescrito por un escritor reconocido no sólo por sus novelas sino por su preferencia por embriagarse con el conocido escuadrón de la muerte, a los cuales dejaba completamente perdidos mientras el iba a alguna cantina a buscar nuevos retadores.
Cientos de suicidas temerosos de ejecutar su deseo adoptaron el estilo lento dictado en el manual. Jóvenes, viejos, señoras, ejecutivos, albañiles, emprendedores, políticos, médicos y cualquier cabrón con ganas de morirse entre cubas y vodka tonics: todos seguían los pasos del manual y me enviaban cartas contándome sus avances.
A mi publirrelacionista se le ocurrió que podíamos hacer conferencias. Todos sus directivos y mercadólogos lo negarán, pero recibimos varias ofertas de marcas de alcohol para patrocinarlas de manera indirecta. Elegimos las más altas y comenzamos con las giras, aprovechando reediciones y lanzamientos de nuevos consejos en distintos formatos. Las conferencias fueron un éxito. Teníamos bar abierto en el lobby, y se permitía consumir bebidas dentro de los auditorios siempre y cuando se adquirieran los boletos VIP. El margen de ganancia era monstruoso, aún teniendo que contratar por nuestra cuenta a una empresa privada para la limpieza posterior de las salas: después de las primeras charlas, los recintos ponían una clausula obligándonos a limpiar el desastre dejado por nuestra audiencia.
Hubo veces que dejaba plantado al público por estar muy borracho para hablar, para tomar un vuelo e incluso para salir de mi habitación. Esto no molestaba a mi público, al revés: provocaba ovaciones de más de tres minutos por llegar a los puntos límites de las recomendaciones del manual. Alguno de mis asistentes daba lectura a cualquier capítulo, y entonces se abría la barra. Un éxito rotundo.
Dejé de hacer estas conferencias porque me quitaban tiempo para beber. Viajar, además, obliga a protocolos que nunca me han gustado. Aún en primera clase, el consumo de alcohol es limitado y no es muy agradable ser bajado por estar borracho ya que ningún bar de ningún aeropuerto quieren servirte de nuevo, y hay que salir para encontrar más suministro etílico lo cuál es una complicación si estás, por decirlo, en una ciudad cuya terminal áerea está a varios kilometros del bar más cercano. Sin embargo, hacemos videos que se venden en todo el mundo, traducidos a muchos idiomas en los cuales incluimos recetas con nuestras marcas e incluso para hacer tragos de emergencia, como té de canela con alcohol del 96 o el método para manufacturar en casa un destilado de cualquier fruta.
No me quejo, se lo prometo. Aunque  no recuperé nada de lo que perdí, y mis compañeros de vida son gorrones, empleados, putas, y gente que me invita a darles lecciones privadas bajo la condición de patrocinar la borrachera, no me quejo de esta miserable vida. Hace años no vivo una resaca. Hace meses que todo lo que rompo puede ser pagado sin problema. Hace semanas que me han ofertado los derechos para una cinta biográfica. Hace días que me hice una limpieza de sangre, la última que podré tener antes de buscar alguna otra manera de mantenerme vivo. Y hace horas que cerré la oficina, y vine a esta cantina de la cual quiero hacerme socio. Hace unos minutos pedí la tercera botella, misma que compartiré con usted si me lo permite. Mire, justo ahí viene el mesero, y estoy seguro que ese champagne es cortesía de la casa o de alguien que me ha reconocido. ¿Qué le dije? Este es el infierno que elegí por gusto. Me muero lentamente, un poco más con cada trago y eso, mi amigo, es lo que defino como éxito.

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