Estaba en el bar La Opera, discutiendo sobre el infame cierre de la plaza de toros -gracias a esos ridículos activistas sin oficio ni beneficio que jodieron la fiesta-, cuando recordó el motivo de esa reunión. Tomó las manos de Constanza y, sin parpadear ni subir el tono de voz, la mando a chingar a su madre por todos los años que pasaron juntos -treinta y dos, exactamente-, ante la mirada sorprendida de las dos parejas con las cuales compartían la mesa. Los motivos, según dijo en el breve discurso, eran la rutina monótona , el hastío, los largos silencios diarios y la evidente falta de amor mutuo, pero sobre todo, la indiferencia y apatía sexual de los últimos veintiocho años y medio.

Tras una pausa incómoda, y aun con los presentes completamente sorprendidos, José pidió un mezcalito caminero junto con la cuenta (saldada totalmente por él, a manera de compensación por haber arruinado la sobremesa), y algunos minutos después, sin agregar ni recibir algún comentario fuera de la despedida formal dirigida a los cuatro testigos, se retiró del lugar.
Constanza permaneció el resto de la tarde en silencio a pesar de los intentos de consuelo por parte de los ahí presentes, pero no había tristeza aparente. Al llegar a casa, se dirigió inmediatamente hacia la habitación evitando encender alguna luz en el trayecto. Se dejó caer en la cama y sonrió: veintinueve años después, pensaría en Leonor sin culpa.

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