Cuando los ojos verdes de Marie se desorbitaban y llenaban de lágrimas, y la palidez habitual de sus mejillas se tornaba rojiza, era el momento exacto para aflojar el cinturón del cuello y sentir las contracciones de su coño, señal del orgasmo que acompañaba la desesperada bocanada y los rasguños en mi espalda, tan fuertes que a veces me hacían sangrar. Y es que entre nosotros los golpes, cortadas y quemaduras eran parte de un curioso ritual cuidado en forma y fondo, e incluso estéticamente tenían una intención que quisiera describir como artística, pero la asfixia tenía un sentido más irracional, más instintivo y,  paradójicamente, liberador. Estar atada y sofocada hacia sentir libre a Marie y por ende, dispuesta a la más ferviente sumisión sin ninguna reserva o prejuicio. Además, le gustaba exhibir un poco los resultados de nuestros juegos: si tenía un hematoma en las pantorrillas usaba falda, si usábamos cera caliente en sus tetas desabrochaba un botón más de la camisa para mostrar las ligeras quemaduras, si el cinturón le dejaba alguna marca en el cuello se recogía el pelo; Marie, con esa cara dulce y cierto aire aristocrático, disfrutaba las miradas inquisitivas de sus compañeros de trabajo, amigos y vecinos que no se atrevían a preguntar sí había más placer que dolor en esas cicatrices temporales.
Por obvias razones, mis dos semanas en París se convirtieron en tres meses y es que ella tenía una fascinante dualidad que me atrapó de inmediato; durante el día éramos la nueva amiga local que se tomaba la hora de almuerzo para recorrer los lugares del día a día parisino con su nuevo amigo extranjero; cuando quedábamos a la salida de su trabajo, era esa chica que mostraba el “lado b” de su ciudad a un tipo que buscaba salirse de la ruta turística, sin charlas personales o alusión alguna a un romance en desarrollo. Hablábamos de libros, de música, de costumbres, de comida y todo lo superficial que nos permitía su pésimo inglés afrancesado y mi bizarro intento de hablar anglo-franco-español. Pero al cruzar la puerta de su apartamento, o la del cuarto de algún hotel en nuestros viajes de fin de semana, o en cualquier lugar donde estuviéramos solos, se transformaba en una obediente puta que no escatimaba en susurros, ruegos y provocaciones para obtener castigos que fui especializando con el tiempo. Pasó muy poco tiempo entre las primeras bofetadas y el uso del cinturón en el cuello, y mucho menos entre las cortadas y los complicados amarres de pies y manos usando las cuerdas de la cortina, esos que aprendí a hacer gracias a una minuciosa investigación en internet mientras ella estaba en el trabajo.
Nos conocimos en Madrid. Nos vimos y nos odiamos de inmediato; ella tan cómoda y fresca mientras esperaba la llamada para abordar, y yo cansado, aburrido, con resaca y sin bañar esperando el transbordo a París tras un vuelo de 11 horas. Pero la coincidencia de asientos, la demora en el despegue, ese gesto que hace cuando muerde su labio inferior, y lo que sea que haya visto en mi nos llevó a cenar juntos, y la charla y mi acento y los gustos en común y qué cerraran el restaurante porque ya pasaba la media noche la llevó a invitarme a alojar en su piso esa noche. Y el vino y el porro y esa mirada irresistible me llevaron a besarla, y ese beso nos llevo a otro y otros con caricias y aunque no follamos por cansancio dormimos juntos, lo cual nos llevó finalmente a coger por la mañana. Y desde ahí que estábamos juntos, llevándonos y dejándonos llevar.
No es que alguno de los dos fuera profesional en la materia, y a las primeras de cambio salieran los atuendos bondage y los látigos y las esposas; al principio eran mordidas en los labios, pezones y nalgas, algunos tirones de pelo y rasguños suaves. Me fascinaba la forma que tenía de provocarme, primero buscándome de manera animal y luego escapándose, alejándome, rechazándome para después volver a buscarme, haciendo que la penetrara más duro o que le mordiera con fuerza, dominándola e imponiéndome para llevar el ritmo violento en crescendo. Una vez que tomaba el control, ella se ponía dócil, obediente, lo cual encendía mi instinto sádico sin reservas. Estábamos recién en los veinte y algo, así que lo que no habíamos aprendido con parejas anteriores lo improvisábamos o, en mi caso, lo traía desde mi afición temprana por el porno duro. Y ella aprendía con rapidez.
En el viaje que hicimos a Praga endurecimos los juegos. Comenzamos con la asfixia, y descubrimos que las marcas en el cuerpo eran excitantemente territoriales. Usábamos lo que encontrábamos: una mascada, velas robadas de algún bistrot, navajas de afeitar, mi cinturón, vidrios de una botella rota, y obviamente manos y dientes. Nuestros cuerpos eran una suerte de lienzos experimentales, los cuales fotografiábamos de vez en cuando; nos hacía mucha gracia llevar a revelar los rollos y ver la cara del dependiente, una mezcla de complicidad y nerviosismo que nos obligaba a creer que probablemente sacaba copias de esas fotos, en especial donde estaba Marie sola con las tetas llenas de mordiscos, o amarrada con los ojos vendados y las piernas abiertas, mostrando el coño depilado con una sonrisa expectante. Y entonces reíamos y continuábamos recorriendo cualquier ciudad como dos amigos, sin tomarnos siquiera de la mano o tocar el tema durante más tiempo. Eso lo charlábamos por la madrugada, llenos de sudor y saliva, abrazados y a veces callando ese ligero dolor físico por lo que había sucedido minutos antes, pero casi siempre relajados y en paz. Y nos besábamos con un poco de ternura, antes de caer dormidos.
Dada la extensión de mi estancia en Europa, trabajé ilegalmente durante un par de semanas en la tienda de discos de un amigo de Marie. Ahí supe cómo la percibían en general: una chica un tanto naive, un poco loca, sin mucha idea de qué hacer con su vida pero optimista y educada. Cuando nos encontrábamos ahí, y casi siempre con algunos más de sus amigos y amigas, el trato era igual para todos. Pero cuando comenzaron a aparecer las marcas en sus piernas y mi cuello, a ninguno le quedó duda de lo que estaba sucediendo entre nosotros, a pesar de las respuestas evasivas de mi parte y las risas sin sentido de la suya. Entonces me dijo que era momento de tomarse unas vacaciones, y decidimos ir a Alemania.
Caminamos por primera vez de la mano, durante el día. ¿Cómo sucedió? No lo se. Nos dimos cuenta al mismo tiempo, nos miramos a los ojos riendo y no dijimos ni hicimos nada; de pronto, para ella era normal besarme a plena luz del día, tanto como para mi lo era atarla por la noche. Un extraño pero agradable equilibrio.
Alojamos en un hotel pequeño en Berlín, y nuestras noches eran una mezcla de tecno, vino, sexo duro y drogas; ella solamente marihuana, aunque a veces compartía un E o una anfeta conmigo. A ella le gustaba fumar después de follar, pero finalmente estaba de vacaciones así que podíamos destruirnos por la noche y despertar a las 2 de la tarde, salir a caminar, conectar alguna fiesta o pastillas (para mi), comer, besarnos, caminar, dormir y salir de nuevo a recorrer las zonas de putas y putos hasta encontrar un lugar donde beber y drogarnos y entonces ponernos lo suficientemente osados para inventar retos: ella, a sacarle tragos a esos ejecutivos cuarentones calentándolos mientras yo observaba a la distancia. Yo, a tocarle las nalgas a la bar tender sin resultar golpeado y expulsado del local. Y entonces esa adrenalina, esa mezcla de celos y excitación nos hacia llegar al hotel a coger como animales, marcándonos de formas más notorias y territoriales, recuperando esa exclusividad entre amo y esclava que estirábamos hasta un limite que nos resultaba desconocido. Cada noche subíamos más la apuesta, haciendo que ella bailara y se dejara tocar por algún tipo de traje y corbata, o que yo llegara a besarme con alguna chica raver, elegida por ambos. Horas después, recuperábamos la propiedad mutua entre besos, mordidas y asfixia.
Nos encontramos a Cristine y Eduardo, una pareja recién casada (razón por la cual Marie había estado en Madrid un par de meses atrás), en el untergrundbahn. Resultó que habían vuelto de su luna de miel en Cancun y por alguna cortesía de la aerolínea (que no recuerdo ni importa), habían obtenido tres días y dos noches en un hotel de lujo de Berlín, además de otras superficialidades que ni siquiera escuché porque el tono de voz de él me resultaba odioso. Pero ella era una de las mejores amigas Marie, desde el colegio, y a partir de la boda viviría en el país de su esposo y entonces blah blah blah, hicimos planes con ellos. La risita de Marie al llegar al hotel me puso de mal humor; por primera vez, yo no era el amo. Salí a caminar y a fumar un poco. Conecté un par de E y algo de coca: aguantar a ese cabrón requeriría de algo fuerte.
Teníamos una fiesta para esa noche, así que después de cenar en un lugar bastante pretencioso -pero cortesía de la puta aerolínea- los llevamos al viejo edificio que escupía sonidos electrónicos a todo volumen por cada ventana. Era un lugar abandonado o bueno, al menos oficialmente porque había rastros de los okupas en algunos rincones. Olía a viejo, a orines, a mota y como estaba lleno de gente bailando, también a sudor. Junkies, putas, gente con pinta de artista, vagabundos, socialités y turcos, góticos, ravers y punks moviéndose al ritmo del MDMA y The Chemical Brothers. Cristine y su esposo decidieron huir a los diez minutos, estupefactos (y probablemente asqueados); Marie hizo un gesto de “bueno-ni-modo-hablamos-mañana-bye” mientras yo celebraba con un E que compartimos en un beso, y nos metimos entre la masa para movernos con el beat que escupían las bocinas.
Algunas horas después, casi por la madrugada, quedábamos pocos. Nosotros casi-cogiendo, muchas parejas y grupos en lo mismo, o inhalando y fumando e inyectándose cualquier cosa. Saqué la bolsita con coca y puse una línea entre las tetas de Marie, que no se quedaba quieta por la risa ansiosa. Inhale lo que pude, metí un dedo en el polvo y lo llevé a mi nariz, para mi sorpresa ella estaba a punto de imitarme cuando una mujer se acercó a nosotros con intenciones de besarnos. Nos negamos al principio, y tratamos de largarla en inglés, francés y español, sin obtener nada más que insinuaciones y bailes que se fueron concentrando en Marie, que sonreía y me miraba y besaba pero sin dejar de verla, con ese aire libanés y el ombligo al descubierto, meneando las caderas mientras se lamía el labio superior y   ante la sensual insistencia, se besaron. Me uní de inmediato, acariciándolas, mordiéndolas y mirándolas tocarse y jugar con sus lenguas, poniéndome en medio de ese beso pero evitando los labios de la mujer hasta que Marie me guió hacia ellos, retirándose al instante para vernos, haciendo gesto tan sensual que me provocó una erección que fue bien recibida por la mano y entrepierna de esa extraña aun por encima de la ropa. Me dejé hacer por un momento y cerré los ojos. El flash de la coca levantó mi trip del MDMA. Todo era luz, todo era blur, todo era pulso, beat, eléctrico. Su mano en mi verga. Sus labios, su lengua, ¿quién es, quién eres? no te reconozco no sabes a ella ¿dónde está?
Cuando reaccioné vi a Marie con un tipo musculoso, tipo abogado-de día-raver-de-noche, bailando muy cerca y cadenciosamente, dándole la espalda para rozarle el paquete con el culo, dejándose tocar desde la cadera hasta las tetas y entonces lo sentí. Primero en el estomago y luego en la verga: esos celos y excitación mezclados, como el primer shot de heroína: violento, doloroso y placentero, lo cual supongo fue evidente porque ella me miro, murmuró algo y comenzó a besarlo mirándome, siempre mirándome fijamente mientras ambos explorábamos esos cuerpos desconocidos porque yo estaba más que dispuesto a tirarme a esa desconocida y entonces subí subí subí y deje de verla y subí y entonces sentí cuando me tomó de la mano y salimos del lugar. Amanecía.
Caminamos sin hablar, deteniéndonos por momentos para tocarnos y mordernos en plena calle, haciéndonos reproches que no fructificaban sino en mas besos y caricias y quizá me dio una bofetada (la primera hasta el momento), y probablemente se la devolví (la tercera de la noche), y nos besamos más más más, y estaba con la idea de amarrarla y castigarla un poco así que mantuvimos el control pero estábamos tan lejos de nuestro hotel y tan cerca de “Usted, por haber elegido nuestra aerolínea para su viaje de luna de miel, se ha ganado una estancia por 3 días y 2 noches en blah blah el hotel más lujoso de Berlín blah blah…”, y tras otra línea y un cigarro de Marie estábamos ahí, en el lobby y entonces vimos a Cristine caminando tambaleante y la seguimos y nos vio y sonrió y trató de contarnos sobre el club al que habían ido y el all-inclusive incluía mucho alcohol y que Eduardo se había perdido y que ella había bailado con un puto alemán y ahora quería su cama y que la lleváramos y subimos los tres en el elevador de espejos, ella muy ebria y nosotros drogados, sin decir nada. Y llegamos y comenzó a buscar la llave mientras Marie y yo nos besábamos y entonces la vi, mirándonos de arriba a abajo y puso la mano en la cintura de Marie y ella le acarició la mejilla con los dedos y se besaron y encontré la llave en el bolso y entramos trastabillando y encendí la luz y seguían besándose y desnudándose y Cristine me tomó del cuello y me acercó me besó me llevó a sus tetas y la tiramos en la cama y penetramos su coño y culo con lengua y dedos, intercalando besos y golpes entre nosotros y no escuchamos cuando Eduardo salió del baño y se quedó ahí, mirando la escena sin entender mucho. Y entonces empujé a Marie hacia él. Y de nuevo esa sensación cuando la vi arrodillándose frente a él, desabrochando el pantalón para chupársela, sí, mamársela a otro, metiéndose la verga de otro en la boca frente a mi hasta ponérselo duro y retirándose de inmediato por orden mía, dejándolo a medias para unirse a Cristine que también me chupaba como jamás imaginé que supiera hacerlo, y ambas lo compartieron durante un buen tiempo hasta hacerme venir en medio de sus labios, a la mitad de ese beso de saliva y semen que escurría hasta sus tetas y que se prolongó ya sin mi verga en medio y entonces Eduardo cayó al suelo, inconsciente, y ellas hicieron un 69 y se comieron ruidosamente y por primera vez Marie era la sádica y Cristine la sumisa y yo el privilegiado espectador que marcaba el territorio como los animales y no les importó y Marie me miró con devoción y la ahorqué un poco con las manos y se vino y cuando la solté gimió muy fuerte de placer pero ni siquiera eso despertó a Eduardo, ni los gritos de Cristine al ser sodomizada por primera vez.
Despertó casi a la una, amarrado con su propio cinturón y las medias de su esposa tapándole la boca, con una erección y la mirada llena de miedo. Marie le susurró algo a Cristine en el oído, antes de apretar el cordel que ataba sus manos a la cama mientras yo trazaba tres líneas de coca sobre su vientre…

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